A lo largo de este primer trimestre voy a escribir sobre mi experiencia en mis viajes de autobús pero no con intención de aburrir a alguien con la vida de un aficionado a escribir en blogs sino con enseñar lo mismo que yo he aprendido y los mismos valores que poco a poco vas desarrollando pero sin darte cuenta y con una intención didáctica y de entretener.
¡A lo largo de estos viajes veremos como en un autobús pueden ocurrir varias cosas!
VIAJE 1:
El desconsolado llanto de aquel pequeño
niño que aparentemente tendría unos dos añitos de vida me despertó
a la subida de aquel autobús. Como siempre tenía a mi lado a mi
fiel compañera Bichaca, en realidad solo era una trompa inanimada,
pero, me daba el calor como el de un compañero de viaje.
Bueno, volviendo a lo que estábamos,
aquel dulce llanto despertó la sonrisa de toda la gente de buen
corazón que viaja a diario en aquel dinosaurio con ruedas. Al
parecer el pequeño niño estaba asustado porque creía haber perdido
a su madre, pero no, su madre también viajo con él.
Los chillones intentos de decir sus
primeras palabras alegraban a la gente en el recorrido, incluso a ese
serio domador del dinosaurio con ruedas que saco esa cruel sonrisa de
su cara.
Por una vez Bichaca estaría histérica
porque un dulce diablillo de dos años hacía más ruido que ella.
Resulta que en una curvita cerrada hubo un pequeño “bache” en el
camino y el dulce niño se volvió loco fue tanto su asombro que de
alegría rebosante se pasó a un irritante llanto que retumbaba en
aquel infernal hueco con ruedas.
Por un momento pedía clemencia al
ibuprofeno del tremendo estruendo creado y simplemente a la bajada mi
tremendo dolor de cabeza iba a peor y ese dulce diablillo no daba
rastro de vida, claro tan solo pisar la parada la madre lo tenía
entre sus brazos y el pequeñín estaba cómodamente dormido.
Y es que en este viaje tuve que admitir
una cosa:¡nunca subestimes a un niño por muy pequeño que sea!
No sabía que escribías tan bien, te animo a que subas más, me ha encantado.
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